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Porque hay una historia que contar
domingo, 24 de mayo de 2020
El Nuevo Día

Por Luis Alberto Ferré Rangel
Principal oficial de Innovación Social Grupo Ferré Rangel


Lugar: mezzanine del edificio Torre de la Reina, Puerta de Tierra, San Juan de Puerto Rico. La escena: de noche. Olor a tabaco, cigarrillo y tinta. Maquinillas timbran y teclean. Un joven periodista de voz chillona y pícaros ojos azules grita las últimas instrucciones, papeles regados sobre su escritorio, fotos, lápices rojos, olor a cera. Un joven empresario calmadamente observa, analiza, acompaña y deja que el milagro se materialice.

Nacía El Nuevo Día. Es la noche de la única víspera, cuando todo es antes. Cuando no hay nada escrito. Cuando se sitúan esos hombres y mujeres ante el umbral de sus sueños y de lo desconocido. Y se lanzan, un periódico a la vez.

Ver nacer un diario -cosa que yo no recuerdo- supongo que es casi ver nacer una criatura. No saber qué le depara y en qué mundo se forjará. Empresa arriesgada y hermosa esa de tener hijos, y diarios.

Los diarios, los periódicos, los medios de comunicación, escritos, digitales, radiales, televisivos, grandes o pequeños, independientes, familiares o corporativos son -y continúan siendo- una empresa esencialmente humana.


Un periodista escribe, un vendedor vende, un distribuidor distribuye, un prensista monta, una ejecutiva motiva y una audiencia lee. A pesar de toda la digitalización de nuestra industria, una empresa de comunicaciones hace lo que no hace cualquier empresa: conecta, comunica, reta, inspira, educa, entretiene. Le da un cierto sentido al mundo caótico en que se vivió, se vive y se vivirá.

Tan atadas están las faenas periodísticas a la vida de un país que es casi imposible separar una de la otra, en la radio, en la televisión, en los medios digitales, en la prensa escrita minuto a minuto, hora a hora, día a día, año a año, discurre la vida política, social, económica y cultural de nuestro país.

Hasta que se llega a los 50 años. Entonces se pausa. Se mira hacia atrás y se ve el camino recorrido, los hombres y mujeres que nos acompañaron desde la única víspera.

Y se mira al país que intentó ser, que fue y que será. Ese país, ese Puerto Rico, que a veces parece escapársenos de la mano, pero que siempre regresa a su casa centenaria, como la marea de nuestras costas.

Lo maravilloso de trabajar para un medio de comunicación es poder narrar y documentar para la historia, las grandes y pequeñas gestas de nuestro pueblo; es captar, en toda nuestra imperfección, cómo un pueblo lucha por definirse. Es sentir y navegar la gran marea de la historia juntos, mientras se sortean las olas, los arrecifes y se divisan nuevas tierras y horizontes.

Un periodista sabe que, mientras teclea, narra o graba, hay una historia más grande narrándose y es la de la vida misma, la de un pueblo, la de un país, y que está en nuestras manos respetarla, honrarla, entenderla y quererla, con todas sus frustraciones, desengaños y tribulaciones.

Acompañar a su país en los momentos más duros, no abandonarle y buscar nuevas rutas, es el honor más profundo de cualquier periodista, aun cuando tiene tres o cuatro trabajos que entregar en un día.

En mi podcast de hoy domingo entrevisto a mis hermanas, María Luisa, editora, y María Eugenia Ferré Rangel, presidenta de la Junta de Directores de GFRM, sobre esta intrahistoria de una familia, un diario y un país.

Fecha: 24 de mayo de 2020

Lugar: Edificio GFRM, Barrio Amelia, Guaynabo

La escena: una periodista escribe, un vendedor vende, un prensista monta, una ejecutiva supervisa, un distribuidor distribuye. Teclean las computadoras, suben las fotos al sitio, sube el video para el anuncio, editores dan últimas instrucciones, todo listo para la edición ahora y de mañana.

Porque hay una historia que contar.